"Miguel Cocompech: El poeta de México entre la inspiración y su voz propia"
En todo tiempo y lugar hay personas que aman la poesía, la música y la vida. ¿Qué decir entonces de un país como México, rico en versos y creación poética? Les presento al poeta Miguel, a través de una entrevista que realicé con él… ¿quién es?
Mi nombre es Miguel Cocompech
Edad: 43 años
Comencé a escribir poesía después de muchos años de acumular lecturas de poetas como Pablo Neruda, Rainer Maria Rilke, Vicente Huidobro y Federico García Lorca, quienes me dieron las bases para encontrar mi propia voz.
¿Y cómo fue tu experiencia al escribir poesía?
Fue natural; los poemas fluían desde mi interior y tenía mucho que decir. Por supuesto, dediqué aproximadamente diez años de mi vida a escribir y pulir. Encontré mi propia voz y ahora estoy trabajando en recopilar todos mis poemas…
Y estos son algunos de sus poemas más hermosos.
HERIDA LUMINOSA
As I'm sitting here doing nothing but aging
Still my guitar gently weeps
—George Harrison
Para mi padre y mis hermanos
Para George Martin
En el ámbito donde el tiempo
es el cosmos de luz alada,
dos almas trenzan su fulgor
como cometas sin retorno
sobre un pentagrama de estrellas.
Su melodía vaga sin cuerpo,
pero eclipsa:
en el espacio que se curva,
en la materia que escucha,
en los astros que callan.
Cada nota abre un umbral,
cada acorde suspira;
la guitarra solloza, los violines sollozan,
quiebran la noche,
como si el universo mismo
aprendiera a llorar.
Yo ruego al cosmos:
cuando mi polvo se disipe,
déjame volver,
déjame guiar el corazón del joven aprendiz;
arrancar de su espíritu el titubeo,
para juntos celebrar el primer rasgueo.
Que mis dedos resuenen con el viento,
como eco que vuelve a tallar la madera
de un mástil desconocido.
También otro ruego:
la caoba de mi guitarra,
el nogal de mi piano,
teñidos en polvo—signo de su vejez—
donde quiera que estén,
como alma de viejos juguetes,
aguarden al niño curioso
que enardezca el fuego de su alma.
Y la música eterna,
nazca de nuevo,
como la flor de primavera
que no se cansa de brotar,
luminosa, por la misma herida.
Fatima Al-Kahlout/Jordan

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